INFIERNO
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  La creencia cristiana sobre el Infierno se expresa en la afirmación de que las almas que mueren en pecado mortal, es decir en actitud de oposición a Dios, van al infierno. Y entiende por infierno el estado o situación de alejamiento divino (pena de daño), acompañado de sufrimiento enorme por haber perdido la dicha que Dios había ofrecido. Ese estado de desdicha y dolor será inmutable, permanente y consciente.
   Terminado el tiempo de la vida, nada puede cambiar por toda la eternidad. Las palabras de Juan: "Ya está la segur a la raíz del árbol. ... y todo árbol que no da fruto será cortado y echado al fuego... y a un fuego que no se apaga." (Mt. 2. 8-12), son el símbolo de esa definitiva situación de quien, libre en la vida, no actúa como Dios quiere y espera.
   La obstinación del condenado que a sí mismo se excluye del Reino de Dios y se niega a adherirse al bien durante su estado de viador es la puerta del misterio de la condenación.
   No es la palabra "infierno" la que impresiona: es el misterio de la perdición eterna que en ella se esconde. Infierno no significa otra cosa que "subterráneo", subsuelo, abismo, averno, lugar inferior. La Biblia griega de los LXX, que citan los textos originales del Nuevo Testamento, pone el término "Hades" o "a-bbysos" (abismo) para traducir el término hebreo de “sheol” o lugar de los muertos.
   En ese lugar colocaba la mentali­dad antigua, oriental y griega, las divinidades nocivas, del mismo modo que se situaban las buenas en las alturas, en el Olimpo los griegos y en el firmamento los babilónicos y persas.
   Pero la idea de infierno se precisa en el pensamiento judío tardío y en el cristiano primitivo, como el lugar de castigo donde los malos en este mundo se con­vierten en réprobos para toda la eternidad. Es un lugar inferior de la tierra; pero evidentemente es una forma de hablar, pues ni puede localizarse en espacio concreto ni responde a delimitación precisa ni para las almas ni para los cuerpos después de su resurrección.
   A los condenados se le llama réprobos. Están con su alma en esa situación. Y después de la resurrección de todos los hombres, se hallarán también con sus cuerpos.
   El misterio del castigo eterno debe entenderse en doble sentido: en cuanto castigo y en cuanto a perpetuo o eterno. Ambos son los rasgos que la Escritura y la Tradición.
    En ambas, la idea del castigo está tan clara que no es posible negar su exis­tencia según la fe cristiana. Ni es posible ignorar el carácter voluntario y libre de los condenados.

   1. El infierno en la Escritura

    La Biblia alude al infierno como "lugar de los muertos", a donde Cristo llegó y liberó a los justos que esperaban su llegada. Pero allí quedaron los réprobos que no habían querido aprovecharse de su misericordia divina.  En ese lugar habría, pues, diversos compartimentos o situaciones.

   1.1. Antiguo Testamento

   En el Antiguo Testamento se intuye el castigo de los malvados y se habla de forma muy difusa del mismo.
   El Profeta Jeremías alude a la "ignominia eterna dada por Dios" (Jer. 23.40) y pide al Señor que su furor "no se mantenga eternamente" (Jer. 17.4).
   Otros textos proféticos: Mal. 1.4; Abd 10: Baruc 4. 35 se refieren a la ira divina interminable y atroz. Job recuerda que los que "no obedecen, perecen para siempre." (Job. 4.20)
   En las Cróni­cas se recuerda que "el que no obedece a Dios, es rechazado por El eternamente”. (2 Cro. 28.9).
   Y en los Salmos se pide a Dios que no confunda a sus seguidores para toda la eternidad (Salm. 30. 2; 70. 1;
   Pero son las palabras de Jesús, o que los evangelistas ponen en labios de Jesús, las que resultan nítidamente definitorias del castigo eterno. El mismo Señor pronuncia el rechazo de los que no cumplido con la ley natural de la compa­sión: “Apartaos de mí, ¡malditos! Id al fuego eterno, preparado para Satanás y sus ángeles". (Mt. 25. 41)
  La comparación más frecuente que se atribuye a Jesús es la del fuego de la Gehena, probable lugar de consumo de desperdicios urbanos en el torrente inferior de la ciudad.
  "El que llame a su hermano racca (renegado) será reo del fuego de la Gehena." (Mt. 5.22). "Más vele perder un ojo, que con los dos ser arrojado para siempre la Gehena" (Mc. 9.47). Además otros textos aluden a tal castigo: Lc. 12.5;  Mt. 5.30;  Mt. 18.9.
   Y en cuanto al rechazo eterno, Jesús también pronunció con claridad el carácter irreversible del alejamiento de Dios; Mt. 18.8;  Mt. 25.41.  Lo dijo explícitamente: "Los malos irán al fuego eterno". (Mt. 25. 46). "Y el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes será reo de pecado eterno." (Mc. 3. 29)
    Los Apóstoles continuaron con la claridad del mensaje, centrado en la realidad y en la eternidad del castigo. Los Escritos que de su inspiración salieron son contundentes al respecto.
   San Pablo afirmó que los que obren mal en el mundo "serán castigados a eterna ruina, lejos de la faz del Señor y de la gloria de su poder." (2 Tes. 1. 6; Rom. 2. 6-9; Hebr. 10. 26-31).
   Esa enseñanza se repite en diversos lugares: 2 Petr. 2. 6; se expresa con temor y con compasión, por no poder lograr la conversión del malvado, y en relación a los ángeles y a los hombres: a los ángeles: "porque no guardaron la fidelidad Dios y por eso los tiene atados con ligaduras eternas bajo las tinieblas." (Jud. 7 y 13). Y a los hombres que no cumplen la ley divina, porque "los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación." (Rom. 13.2)
   En el Apocalipsis también se dice con nitidez: "Los impíos tendrán su parte en el estanque que arde con fuego y azufre... Serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos." (Apoc. 21. 8; y 20. 10)
   La abundancia de pasajes y la claridad de los mismos puede dejar impresión de desconcierto y engendrar sentimientos de terror. Así aconteció en muchos ascetas, de cuyos ejemplos de penitencia está llena la Historia de la Iglesia y cuyo recuerdo permanece en los retablos de los templos y en las salas de los museos enriquecidos con el arte medieval y barroco (María Magdalena, S. Antonio abad, S. Jerónimo, S. Bruno, S. Romualdo, etc.)
   Pero la correcta exégesis de los textos, situados en sus contextos, lleva a la conclusión de que la mirada de los hagiógrafos se halla dirigida hacia el Cristo misericordioso que vino a traer la salvación, respetando la libertad electiva de los seguidores, y no la condenación expiando sus debilidades.
    En el fondo todos los textos están diciendo: "Os estaré recordando en todo momento estas cosas aunque ya las sepáis." (2. Petr. 1. 12). Para que, "aunque seáis tenidos por tristes, estéis eternamente alegres." (2 Cor. 6. 10)

    2. la Tradición unánime

   Los Padres dieron testimonio unánime de la realidad del infierno desde los primeros tiempos y resaltaron la necesi­dad de pensar en él infierno pa­ra luchar contra el pecado y las tentaciones.



P. Nieremberg. En “Diferencia entre lo temporal y eterno”

   La creencia de que "los que mueren en pecado mortal van a la condenación del infierno", estuvo expresada ya en los Símbolos primitivos. (Denz. 40)
   Los testimonios en este sentido se multiplicaron en todos los grandes teólogos de esos siglos. Según San Ignacio de Antioquía, "todo aquel que, por su pésima doctrina, corrompiera la fe de Dios por la cual fue crucificado Jesucristo, irá al fuego inextinguible, él y los que le escuchan." (Sobre Ef. 16. 2).
    San Justino fundaba el castigo del infierno en la idea de la justicia divina. "Esa justicia no deja sin castigo a todo el que transgrede la ley." (Apol. II. 6 y Apol. 18. 4; 21, 6; 28. 1)
   Es normal que en un tema como el del infierno, las costumbres y los lenguajes de cada época se hayan hecho notar en el tono y talante de los diversos testimonios. Pero la diversidad de lenguajes nunca eclipsó la unanimidad con la que la Iglesia testificó la realidad del castigo eterno para los pecadores empedernidos y empeñados en su propio pecado.
   En el III Concilio de Valence se declaraba: "Creemos que nadie se conde­na por juicio previo, sino por merecimiento de su propia iniquidad. Y que los mismos malos se pierden, no porque no pudieron ser buenos, sino por que no quisieron serlo y por su propia culpa permanecieron en la masa de condenación por su culpa original y también por la actual." (Den 321)

   3. Naturaleza del infier­no

   De la Sda. Escritura sólo se desprende la existencia del castigo para quienes no quieren acoger la misericordia y se alejan libremente de Dios por el pecado. Es la Teología posterior la que multiplicó sus refle­xio­nes y sus intentos de aclaración sobre la realidad del infierno.
   En general fue la época Escolástica la que más "razonó" sobre esa realidad, a partir de los datos bíblicos y de la Tradición. Distinguió dos elementos en el suplicio del infierno: la pena de daño (suplicio de privación de Dios) y la pena de sentido (suplicio para los sentidos). Es la doctrina habitual de la Iglesia, sobre la que hay pocas definiciones dogmáticas y muchas consideraciones ascéticas.
   La pena de daño, la esencial, corresponde al alejamiento voluntario de Dios, a quien se rechaza por el pecado mortal. Supone una aversión malvada y la conciencia dolorosa de alejamiento, que en vida procede de debilidad voluntaria, de malicia consentida o de ignorancia interesada y preferida; pero que, luego de la muerte, se transforma en estable, al haberse querido mantener sin arrepentimiento. Es incomprensible que pueda darse tal aberración, pero el hombre es libre para quererla.
   La pena de sentido es complementaria y supone la participación de las partes o principios que componen la naturaleza humana: la espiritual que llamamos alma con sus capacidades anímicas de inteligencia y voluntad; y la material que es el cuerpo con sus potencias sensoriales.

   3.1. La pena de daño

   Se halla atestiguada por la Escritura y la Tradición, confluyendo ambas en la obsesión del pecador en mantenerse en el pecado mortal. La esencia de ese estado es el rechazo a la unión con Dios. Cuando se consolida como definiti­va al morir, genera la pena y dolor del daño. Es tan grande cuanto grandio­so e infinito es el don perdido, que es el mismo Dios. El condenado es consciente de lo que ha perdido y su ser, creado y nacido para la felicidad, sufre la desgracia y el vacío angustioso de la privación de la visión beatífica de Dios.
   En él resuena eternamente el rechazo divino: "No os conozco, apartaos malditos al fuego eterno, creado para Satanás y sus ángeles." (Mt. 25. 12; Lc. 13. 27; 14. 24; Apoc. 22):
   La razón del rechazo está en la injusticia de no dar a Dios lo que le corresponde: la adoración y el amor. S. Pablo habla de esa injusticia cuando dice: "¿No sabéis que los injustos no poseerán el Reino de Dios?" (1 Cor. 6. 6)
   Apenas si podemos entender o decir más de esa pena. Pero racionalmente sospechamos que tiene que ser inmensa. Si no se dice infinita, es por la naturaleza contingente de la criatura humana.

   3.2. La pena de sentido

   La pena sensible, la de los sentidos, es complementaria. Aunque sea la que más impresiona a nuestra mente sensorial, es mera consecuencia de la esencial, que es la de daño.
   Consiste en los tormentos causados en el alma por la angustia y amargura de haber legado a tal estado; y en el cuerpo por los misteriosos efectos del "fuego eterno".
   La Sagrada Escritura habla repetidamente de ese "fuego eterno del infierno" (Mt. 3.10; 13.42: 18.8; 25.41; Lc. 3.17) al que son arrojados los condenados. Lo simboliza en el "llanto y el crujir de dientes." (Mt. 8.12), imagen del dolor y la deses­peración.
   El fuego del infierno fue entendido en sentido metafórico por algunos Padres antiguos, como Orígenes y San Gregorio Niseno; y por algunos teólogos posteriores, los cuales interpretaban la expresión "fuego" como imagen de los dolores pu­ramente espirituales.
   El Magisterio de la Iglesia no ha condenado esta forma de entender el sentido del fuego, teniendo en cuenta de que la realidad física de la combustión de alguna sustancia a muy alta temperatura no es compatible con la realidad extrafísica de la otra vida. Pero la mayor parte de los escritores cristianos no admiten que se trate de un mero juego verbal simbólico y, dada la insistencia del término y la realidad tremenda del castigo, se inclinan a pensar en algo como misterioso, doloroso verdaderamente real.
   La acción de ese "fuego real", físico o no físico, sobre seres puramente espiri­tuales la explica Santo Tomás, siguiendo a San Agustín y a San Gregorio Magno, como "sujeción o dependencia" de los espíritus a la materia, que es causa de dolor y actúa como instrumento de la justicia divina. (Supl. S. Th. 70. 3)
   Evitar las descripciones puramente gratuitas de mentes exaltadas que intentan sugerir formas de tormento de las que no habla la Escritura, incluso localizar el dolor en la parte del cuerpo con la que se ha pecado: comida, avaricia, lujuria, no parece ni teológico ni psicológico. Son metáforas irrelevantes e ingenuas en nada concordes con la razón.

   

   

 

   4. Propiedades del Infierno

   La realidad del infierno tiene que ver con la libertad y la conciencia, con la responsabilidad y la inteligencia de quien en vida ha querido mantenerse en el mal y despreciar la inmensa ayuda que Dios ofrece a los hombres.

   4.1. Personal

   Por eso, el tormento del infierno es siempre algo individual y diferenciado, según el estado personal de cada con­ciencia pecadora. La responsabilidad  propia no puede ser complicada con los pecados come­tidos por colectividades y grupos de pertenencia.
   El sentido colectivo de pena en los tiempos del Antiguo Testamento tenía más resonancia, por la cultura en que se movían los hagiógrafos. Así vemos que el castigo de Sodoma (19. 23-25) se llevó por delante a todos los habitantes, al margen de su edad o situación. Y que todos los primogénitos de Egipto fueron arrasados por el ángel exterminador (Ex. 12. 29-31). O que, con Coré, Datán y Abirán, (Num. 16. 27-34) bajaron al abismo sus mujeres y sus niños.
   El Nuevo Testamento resalta más la responsabilidad de la conciencia personal de los individuos, de modo que cada uno debe pagar por sus pecados y no por los ajenos.

   4.2. Eternidad

   La eternidad de las penas infernales es lo que más impresiona al tratar este misterio y lo que dejó temblorosos a los poetas, pintores y artistas de todos los tiempos y ámbitos cristianos.
   Las penas del infierno durarán para siempre. El Concilio IV de Letrán, en 1215, declaró: "Los réprobos recibi­rán con el diablo suplicio eterno" (Denz. 429). Y Benedicto XII definió en Enero de 1336: "Las almas de los que salen de este mundo en pecado mortal actual son llevadas al infier­no inmediatamente después de la muerte para ser castigadas con penas infernales." (Denz. 531).
   Desde los tiempos de Orígenes, siempre hubo teólogos y escritores que tuvieron serias dificultades para aceptar la eternidad de las penas, apoyándose en la infinita misericordia divina y pensando que debería haber alguna forma misteriosa por la cual Dios termi­naría perdonando a los condenados, por obstinados que resultaran. La teoría origenista de la "apocatástasis", o regeneración final, ya fue rechazada por un Sínodo de Constantinopla en el 543 (Denz. 211). Y la enseñanza de la Iglesia se mantuvo siempre en la defensa de la inmutabilidad de las penas una vez  que ha terminado  el tiempo de esta vida.
   La Sagrada Escritura afirma explícitamente esa eternidad, recogiendo datos del Antiguo Testamento, pero sobre todo interpretando las palabras del mismo Cristo.
   Los Profetas hablaron de "eterna vergüenza y confusión" (Dan 12. 2) para los malos. Los libros sapienciales insistieron en el "castigo sempiterno" (Sab. 4. 16). Otros libros aludieron incluso al "fuego eterno" (Jdth. 16. 21).
   El término "eterno", que luego se recogerá repetidamente en el Nuevo Testamento (Mt. 18. 8; Mt. 25. 41 y 46; Jd. 7; 2 Tes. 1. 6) no puede entenderse de otra forma que en su sentido natural: perpetuo, permanente, inacabado, interminable. Cualquier tergiversación supone apartes de la verdad evangélica.
   Es lo mis­mo que decir "fuego inextinguible" (Mt. 3. 12; Mc. 9. 42; Lc. 4. 31) o de la "gehenna, donde el gusano no muere ni el fuego se extingue" (Mc. 9. 46; Lc. 47. 5). Es ni más ni menos que reflejar que el tiempo se ha terminado y ya nada cambiará.
   La doctrina cristiana se fundamenta en que, pasado el tiempo de prueba que es el de vida, la voluntad de los condenados está obstinada inconmoviblemente en el mal; y que es incapaz de verdadera penitencia o conversión. Tal obstinación se explica por haber terminado el momento de la gracia de Dios.
   Es misteriosa esa decisión divina de que el tiempo de prueba es temporal y no perpetuo. Pero es así. La explicación de Santo To­más: Summa Th. I. II. 85. 2 ad 3 y Suppl. 98. 2. 5 y 6, se apoya en la inmutabilidad divina. Y la Teología tomista se esfuerza por reflejar la voluntad divina misericordiosa, en la voluntad salvífica universal, pero dejando en claro que Dios hizo al hombre libre y respeta misteriosamente esa libertad. Lo que realmente importa es conocer lo que Dios quiso que fuera y no lo que el hombre piensa que pudiera haber sido.

   4.3. Desigualdad

   Otro rasgo de las penas del infierno es la desigualdad y la dependencia de las malas acciones cometidas en vida y de las que no hubo arrepentimiento. El sentido de justicia reclama la adap­tación de la pena a los delitos.
   Los Concilios de Lyon y Florencia lo afirmaron explícitamente: "Las almas de los condenados son afligidas con penas desiguales." (Denz. 464 y 693). Probablemente hay que entender esa diferencia, no sólo de la pena de sentido, sino también de la intensidad como se hará pre­sente en cada condenado la pena de daño, aunque ésta sea la fundamental del infierno.
   Jesús amenazaba a los habitantes de Corozaín y Betsaida que su impenitencia merecería un castigo mucho más severo que el de los habitantes de Tiro y Sidón. (Mt. 11. 22). Y a los escribas les auguraba un juicio más severo que a otros pecadores (Lc. 20. 47). No era preciso esa diferenciación, pues parece de sentido común el que, si lo pecados son muy diferentes en malicia y en conciencia de responsabilidad y que varían mucho en número, las penas es preciso que sean también diferentes.
   San Agustín enseñaba: "La desdicha será más soportable a unos condenados que a otros" (Enchir. XI. 7). Y la diferencia no estará sólo en la resigna­ción o aguante de los condenados, sino de la intensidad de la pena

   4.4. Consciente

   El condenado conservará la concien­cia de su estado y la certeza de que se halla en él por su propia voluntad, la cual se habrá de tal manera fijado en el mal que le incapacitará eternamente para arrepentirse.
   No deja de ser un misterio el cómo puede darse esa situación, pues trasciende todos los datos de experiencia humana desde los cuales los hombres podemos comprender las cosas. Pero será así, sin duda alguna.
   Precisamente esa claridad de la propia situación y el saber que se pudo haber salvado con sólo aprovechar las gracias de un Dios que le amaba y quería de verdad su felicidad eterna, será el motivo central de su sufrimiento.
   Esta presunción de conocimiento en el condenado está relacionada con la certeza de que Dios hizo a los hombres libres y les dejó elegir sus caminos.

   4.5. Obstinada

   A pesar de su dolor, los condenados estarán obstinados en su situación, pues para ellos se ha terminado el tiempo de elección y su realidad se ha paralizado. Lo comentan muchos Padres y se admiran de que los conde­nados mantengan el "odio a Dios" de forma inmutable, siendo esa situación el motivo de su distancia­miento eterno.
   No será Dios el que los odiará, pues Dios no puede odiar a las criaturas que el mismo hizo. Pero respetará la opción que en vida hicieron de alejarse de El para siempre.
   El emblema del Apocalipsis aplicado a los demonios, es ilustrador: "Lucharon encarnizadamente el Dragón y con sus ángeles contra Miguel y lo suyos, pero fueron vencidos y arrojados del cielo para siempre." (Apoc. 12 7-8)

 

  5. Situación de los demonios
 
   Los ángeles condenados desde el principio, cuando el Señor Dios hizo la "creación invisible" del mundo, son una de las principales referencia del infierno de los condenados.
   Esos seres diabólicos, ángeles caídos, han sido asociados con frecuencia a la administración de los castigos del infierno. La doctrina cristiana no habla de ellos, pero nada apoya el que ellos ten­gan alguna influencia o actuación sobre los condenados.
   Es preciso superar los antropomorfismos al respecto, sobre todo si se les atribuye con metáforas o creencias ingenuas algunas atribuciones improcedentes. Son seres misteriosos, de los cuales sólo sabemos por la revelación que existen y están condenados. Nada avala que sean muchos o pocos, que haya entre ellos clases o niveles o que sean todos iguales, que actúen más o menos en la tierra o que se hallen eternamente e inmutablemente alejados de la tierra.
   Sin duda que atribuirles la consideración de atormentadores y carceleros de los seres humanos, intentando hacer sufrir a sus "clientes", sobre los cuales tiene un poder especial, no deja de ser una ingenua creencia.
  La tradición cristiana, basada en diversos textos bíblicos, atribuye a los demonios cierta capacidad tentadora en este mundo: Jn. 8.44; Apoc. 12.9; 1 Jn. 5. 18-19. Jn. 17. 15. Pero poco se puede decir con respecto al otro.
  Por eso, en catequesis, es mejor rectificar ciertas creencias que rozan la superstición que potencias las ideas sobre la función de protagonistas de los demonios en el castigo del infierno.
   San Ambrosio escribía: "El Señor ha borrado vuestro pecado y borrado vuestras faltas. El os protege y guarda contra las astucias del diablo que os combate, para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio, porque "si Dios está con nosotros, ¿quien estará contra nosotros?" (Rom. 8.31)."  (Sacram. 5.30)

   6. Infierno y piedad popular

   También es importante el resaltar que la idea del infierno ha suscitado múltiples apoyos para la vida de los cristianos de todos los tiempos.
   Ha inspirado a los predicadores penitenciales y a los cristianos, ha llenado de sentimientos nobles los tiempos cuaresmales y ha permitido entender mejor la grandeza del misterio redentor de Jesús. Ha ayudado con fuerza a rechazar el pecado y el abuso de los débiles y a cultivar la necesidad de la reparación y del arrepentimiento.
   El temor de Dios es un sentimiento cristiano profundo y positivo, con dimensiones naturales necesarias para hombres de carne y hueso, y con aspectos sobrenaturales a los que se llega poco a poco cuando hay rectitud de intención.
   Un naturalismo ingenuo que ignora el saludable temor de Dios como fuente de la sabiduría de quien aprende con él a huir del mal es mal criterio para acompañar al cristiano en su camino hacia la salvación
   El temor al infierno es fuente de piedad y de agradecimiento a Dios que nos salva y protege. Hay que ver ese temor como algo estrechamente nacido de la Escritura: Rom. 13.7 1 Tim. 5. 14; 1 Petr. 3. 14;
   Cuando se sigue el consejo de Pedro: "Mantened el temor de Dios en todas las cosas." (1. Petr.  2.18) o el de Pablo: "Avanzad en la santidad mediante el temor de Dios." (2. Cor. 7.1), es fácil darse cuenta de que la vida es una lucha en la que cada uno puede caer, sobre todo si es arrogante y vanidoso ante las propias fuerzas: "El que crea que está pie, que tema no caiga". (1 Cor. 10.12)

    7. Catequesis e infierno

    Como misterio cristiano, en la Catequesis hay que presentar el misterio del castigo eterno con naturalidad y con oportunidad. Una postura racionalista que lo menosprecie es tan perjudicial para la recta presentación del mensaje evangélico y para la fe serena como una polarización temerosa en su realidad.

    7.1. Temor al infierno

    Trento indicó que el miedo al infierno es saludable y beneficioso para el cristiano: "Si alguno dijere que el miedo al infierno, por el que, doliéndonos de los pecados nos refugiamos en la misericordia divina o nos abstenemos de pecar, es pecado o hace peores a los pecadores, sea anatema. (Denz. 818)
     - Debemos en catequesis recordar el infierno y saber armonizarlo con el sentido de la filiación divina, pues "hemos recibido el espíritu de adopción no el temor de la servidumbre." (Rom. 8.15)
     - Se debe repudiar las formas excesivamente descriptivas del infierno, así como las imágenes escabrosas del mismo, las cuáles se apoyan más en la pena de sentido que en la de daño, lo cual es desvirtuar la esencia del infierno.

   7.2. Problemas especiales

   La catequesis sobre el infierno debe estar presidida de cierta serenidad y rehuir toda espectacularidad, con descripciones escabrosas y poco apoyadas en la Sda. Escritura.
     -  Al llega a ciertas edades, la preadolescencia y adolescencia, se corre el peligro de no saber armonizar la idea de la predestinación o de la presciencia divina, con el hecho de la posible condenación de quien se obstine en el pecado. Conviene no resaltar en esos momentos evolutivos las figuras escabrosas del infierno, sino la idea de la misericordia divina que siempre da la ayuda para salvarse.
     -  Determinadas cuestiones relacionadas con el infierno a veces pueden perturbar la mente de catequizandos más sensibles o reflexivos. Tales son el número de los que se salvan (Mt. 7. 13-14), la existencia de pecado contra el Espíritu que "no se perdonan ni en esta vida ni en la otra" (Mt. 12.31), la libertad ante pecados "irresistibles", la posibilidad de arrepentirse en la muerte.
    - Es peligroso reemplazar la verdadera doctrina cristiana sobre el infierno por la presentación de cuestiones más curiosas que piadosas o más propias de un gusto mas casuístico del dogma y de la moral que del evangélico, que debe siempre ser el predilecto.
    - La buena catequesis sobre el infierno es la que se apoya en las mismas enseñanzas de Jesús, las cuáles se basan más en sus palabras de perdón y misericordia que en sus amenazas de castigo o de rechazo.