Niveles
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   Concepto sinónimo de grados, escalones, categorías, jerarquías, órdenes, rangos, cursos, grupos o clases que indica situación en determinados aspectos de la personalidad y estableciendo una relación más o menos intensa con los demás miembros del grupo al que se pertenece. Es uno de los elementos formales y categoriales de cualquier organización educativa, tanto académica como catequística e incluso religiosa.

1. Necesidad de los niveles

   En los ámbitos educativos y académi­cos los grados, cursos o niveles son imprescindibles para entender la situación de cada persona y el modo como debe ser tratada. Aunque en determinados movimientos pedagógicos recientes se hable de enseñanza no graduada y se rechace la idea de niveles o grados, sólo se alude a la infravaloración de la uniformidad de los grupos en aras de un seguimiento más singular y personal.
   Pero, siendo el desarrollo intelectual y cultural un proceso que implica etapas, momentos o estadios sucesivos, nunca se podrá olvidar el concepto de grado o nivel para determinar la situación de cada escolar y las conveniencias educativas que se deben tener en cuenta.
   En los ámbitos religiosos también se debe hablar y pensar en diversos niveles o formas de la graduación. La terminología oscila según el campo de que se trate, pero siempre implica situaciones concordes con cada persona con referencia al grupo. Grados o niveles hay en el Orden sacerdotal y en las consagraciones dentro de los Institutos religiosos; grados hay en muchos movimientos cristianos, como el escultis­mo, el pentecostalismo o en la pertenencia a ONGs confesionales; grados hay en el ritmo de la vida espiritual (de oración, de caridad, de penitencia), sobre los que tantas veces han escrito los autores ascéticos de todos los tiempos; grados hay en los catecismos que ofrecen a sus comunidades cristianas la mayor parte de los episcopados del mundo.
 
    2. Niveles en las catequesis

    Es una de las principales tareas iniciales de cualquier proceso de formación catequética, ya se siga individualmente, como sería un curso de formación bíblica por sistemas docentes a distancia, ya se trate de procesos grupales, como acontece en las catequesis infantiles y preadolescentes. En esta últimas resulta muy importante que el grupo de catequizandos sea cercano y análogo. Es condición de eficacia educativa, tanto por la conveniencia de acertar en los lenguajes que se emplean como cuando se trata de medir el alcance del mensaje que se comunica.
   Pero es conveniente recordar que los niveles o las formas de graduación propias de una catequesis parroquial no son similares a los de una actividad escolar.
   En estas catequesis se debe dar más importancia a lo vital y a lo experiencial que a lo meramente intelectual. Las diferencias de conocimientos distancian menos que la variedad de actitudes religiosas, sobre todo si lo que se planifica y gradúa es la vivencia cristiana y no solo la instrucción en la doctrina.
   Por es frecuente en este tipo de catequesis aludir a cinco niveles que reclaman programas diferentes y catequistas expertos en cada uno de ellos.
     -  El nivel del despertar religioso, que coincide con los niños pequeños hasta los 6-7 años.
     -  El nivel inicial o preparación social y cultural con estilo religioso y conoci­mientos elementales de vocabulario y de valores cristianos. Este nivel de infancia media puede llegar desde los 7 a los 9-10 años.
     - El nivel de una primera iniciación sacramental (primera comunión y primera acción penitencia) y sobre todo de vida cristiana y del conocimiento de la doctrina. Se prepara al catequizando para una primera síntesis de fe consciente y de compromiso eclesial y espiritual. Este nivel de los 10 a los 13 años es decisivo para la orientación fundamental de la vida cristiana.
    - El nivel preadolescente y de la primera juventud, con referencia no ex­clusiva a la confirmación, pero con una primera proyección a compromisos crecientes de naturaleza evangélica y apostólica. De los 14 a los 17 años es por naturaleza etapa de valores y de actitudes firmes.
    - El nivel juvenil supone un proceso de autonomía espiritual en la medida en que la fe cristiana puede ser independiente de la comunidad en que se vive.
 

 

   

 

 

 

   3. Apoyo en otros conceptos

   Expresiones asociadas a la idea de nivel sirven al educador de la fe para darse cuenta de la importancia que tiene la adaptación a la realidad.
   Por eso conviene hacer referencia a determinados niveles de los que se suele hablar para situarse oportunamente en la tarea catequística.
   - El nivel de vida social y material influye en los intereses personales y en las influencias externas tanto buenas como malas. No es lo mismo formar religiosamente a catequizandos que proceden de un clima vital homogéneo que actuar con emigrantes, transeúntes o miembros de clases sociales discrepantes.
   - El nivel cultural va hoy emparejado con el social, en los ambientes desarro­llados sobre todo. Si la cultura de los catequizandos es muy dispar (lengua, tradiciones, recursos literarios o tecnológicos), la actuación del educador encuentra más dificultad para la adaptación.
   - El nivel académico: grupo o clase escolar de pertenencia, metodología escolar que se emplea, terrenos docentes en los que se trabaja, Influye en la formación religiosa: un grupo de obre­ros no es equivalente a otro de universitarios.
   - El nivel mental, estado, situación respecto a las capacidades mentales son un elemento digno de tenerse en cuenta, sobre todo cuando se trata de deficientes mentales con dificultad de comprensión.
   - El nivel de compromiso religioso, espiritual o moral, incluso, debe ser teni­do en cuenta. Una acción educativa con educandos de familias cristianas y otra con personas que viven ambientes hostiles o indiferentes a lo religioso debe ser muy diferente y adaptada.
   Todos estos aspectos indican lo importante que es situarse ante los educandos con conocimiento de situación, explorar la situación de partida de los que van a iniciar un proceso y la necesidad de hacer verdaderos milagros pedagógicos y catequísticos para acomodarse a las capacidades receptivas de los diversos niveles, además de las que se dan en las personas con las que se actúa.
   A pesar de que se hable de los niveles como una referencia de organización y como una señal de calidad catequística, no conviene olvidar que, en los terrenos religiosos mucho más que en otros, las previsiones, las normas, los criterios, las clasificaciones pueden fallar ante los hechos y las actitudes. Intervienen variables originales: libertad de las personas, intangibilidad de los aspectos espirituales, imposibilidad de medir el alcance de todas las influencias interiores.
   El catequista, como pedagogo, puede planificar niveles y actuar con respeto a sus exigencias en sus trabajos docentes. Pero como mensajero debe ser consciente de la inexorable realidad de los espíritus. El no es un pedagogo que programa, transfiere conocimientos y evalúa resultados. Es un mensajero que esparce semillas en una tierra muy variada. "Unas caen en tierra buena y dan el ciento por uno de frutos; otras caen en el camino y son pisoteadas; algunas se aho­gan por las espinas; y no faltan las comidas por las aves del cielo y no dan nada." (Mt. 13.4-8)