Catequizando
      [610]

 
   
 

 


  El catequizando es el creyente que sigue un proceso de educación en la fe para hacerse cada vez más consciente de su dignidad singular:
    - de hijo amado de Dios,
    - de redimido por Je­sús,
    - de santificado por el Espíritu Santo,
    - de miembro de la Iglesia,
    - de llamado a la vida eterna
    - de res­pon­sable de su formación
    - y de men­sajero del Evangelio.
   Son siete aspectos que deben estar presentes en todo proceso de educación de la fe, el cual parte de la conside­ra­ción de la propia dignidad y culmina en la conciencia del deber de ser apóstol.

   1. Identidad.

  El catequizando se define por sus valores espirituales y sobrenaturales, los cuáles se construyen sobre los humanos y sobre los naturales.
   Debe ser mirado en su calidad de caminante comprometido en un objetivo de educación de su fe. Pero es ante todo una persona que está llamada a descubrir la dignidad de bautizado que le ha sido dada por gracia de Dios y su deber de responder a la elección divina de que ha sido objeto.
   Los términos que a veces se usan: niño, discípulo, alumno, adepto, receptor, discente, aprendiz y aluden por regla general a lo que el sujeto hace y no a lo que es. Recogen aspectos meramente pasivos o receptivos y no captan los dinámicos y comprometedores que se deben mirar como más clarificadores para entender lo que es su dignidad.
 

  El término catequizando, que es participio activo de catequizar, debe identificarse con una dimensión operativa, más viva y más cautivadora. Es la persona comprometida en una acción responsable y libre que asume el misterio cris­tiano y lo convierte en vida.
   Se debe resaltar su aspecto de creyente, su responsabilidad de formación en proceso de conseguirse, su solidari­dad con los de­más que, como él, deben hacerse conscientes de su fe
  Sobre todo se le debe contemplar como Hijo de Dios y miembro activo de la Iglesia de Jesús, que debe ser preparado para vivir cada día según el Evangelio.
   Lo peculiar de catequizando es su situación o proceso de formación en el que se halla. Eso supone actitud de docilidad, afán de mejora, deseo de profundidad, conciencia de insuficiencia, actitud de escucha, sentido de esperanza, protagonista de vida evangélica.
   Estas disposiciones son propias de todo cristiano, que debe conocer y amar  cada vez más a Dios que ha amado primero a los hombres. Pero de forma especial definen la identidad de quien se halla sometido a un plan de educación, a un proceso de catequesis.

   2. Rasgos preferentes

   Para valorar la realidad del catequizando hay que aludir a los datos bau­tismales y a las grandes verdades cris­tianas sobre la dignidad del hombre.

   2.1. Elegido por Dios.

   Llamado a la fe, el catequizando sabe que ha sido creado por Dios y elevado a la dignidad de Hijo suyo. Debe sentir la necesidad de ahondar esa dignidad que escapa toda lógica y que está por enci­ma de la simple metáfora de la filiación y de la paternidad. La llamada a la vida sobre­natural se conoce en el contexto de una terminología ascética y mística, pero se vive y profundiza en medio de una experiencia cotidiana.
   El catequizando debe resaltar su vida cristiana, descubriendo que ha sido creado como hijo de Dios y no como un ser vivo  más del mundo. A partir de la concien­cia de su singularidad, es más fácil promocionar la admiración, el agradecimiento, el amor y el deseo de responder como lo que es, un elegido y amado de Dios, venido de El y destinado a una vida eterna de amor divino.
   La llamada divina no procede de un Dios supremo remoto e inalcanzable, sino de una Padre amoroso, providente y justo. Es llamada que supone ya un desafío y un compromiso. No se trata de una invitación a la que se puede infravalorar. El que llama es el Padre amoroso pero es el Dios Supremo. Llama por medio de Jesús, el envia­do de Dios, Dios mismo a su vez.

   2.2. Bautizado y redimido

   El catequizando es un hombre pecador, por el misterioso pecado de la especie humana, que fue redimido por Jesús. Por lo tanto debe desarrollar sentimientos de agradecimiento infinito a quien le sacó de la enemistad del pecado. En su vida entró en la salvación y toda la catequesis va a estar vinculada con ella.
   La dignidad de rescatado, de redimido condiciona su educación cristiana: fideli­dad a la gracia recibida, lucha contra el mal que le acecha, amor al Redentor que le salva, alegría por la victoria y la vida conseguidas por Jesús y por la que lo eleva a la situación de los elegidos.
   El hecho de ser bautizado y elegido implica dos grandes títulos que puede exhibir con alegría interminable. El catequizando es un Hijo de Dios y es un templo del Espíritu Santo.
   Como Hijo de Dios, siempre se sentirá unido al Padre eterno. Al El elevará sus plegarias llenas de confianza, como Jesús le enseño a decir.
   Y como templo del Espíritu sentirá el gozo de sus dones y regalos y convertirá la catequesis en modo de aprender a ser consecuente con la vida sobrenatural recibida.
   Es fácil entender la dimensión trinitaria que toda catequesis cristiana implica, la cual es una forma de situarse el hombre cuando se descubre la fe y el amor de que, antes de nacer, ya ha sido objeto.

   2.3. Miembro de la Iglesia

   El catequizando es miembro de la Igle­sia de Jesús, puesto que el mismo Jesús quiso que su gracia y los signos de su amor llegaran a los hombres por medio de la comunidad que dejó en la tierra.
   En la Iglesia, los bautizados reciben los beneficios: la salvación, el perdón y las garantías del amor divino. Fuera de la Iglesia no hay salvación, cuando el aleja­miento se debe a la voluntad libre de quien no quiere ingresar en ella.
   La dignidad de cristiano no es fruto sólo de una cultura, de una tradición, de una circunstancia, sino de una vida, de una elección, de un don divino. Ser cris­tiano es ser seguidor de Jesús y vivir compro­metido a conocer su Evangelio y a convertirlo en vida.
  



 

 

   

 

 

 

 

3. Conciencia de catequizando

   El deber de formarse en lo que se es y en lo que se cree ser es la primera consecuencia de las grandezas que supone la fe cristiana.
   En la medida en que el cristiano va creciendo en edad y en madurez va adquiriendo la obligación de cultivar su vida de seguidor de Cristo.
   Esa vida comienza por conocer y amar el mensaje recibido del Maestro. La catequesis se convierte en el tiempo y el proceso que hace posible ese descubrimiento.
   El catequizando no se prepara para ser consumidor de una doctrina antropológica o sociológica excelente. Su último deber no es mostrar­se en la vida ante los demás como persona culta, ética y cum­plidora del deber. Ante todo debe tomar una postura ante el mismo Cristo, que es el me­diador de los hombres ante Dios.
   Por eso, lo primero es educar al cristiano para que asuma su dignidad.
   Se le debe ayudar a descubrir su situación y lo que significa haber sido elegido por Dios para entrar en su Reino, en su hogar, en su comunidad elegida.

   3.1. En la infancia.

   En los primero años de la vida esa ayuda es, o debe ser, total, por la inmadurez de los años y la insuficiencia de las ideas. El niño percibe su dignidad de forma incipiente. Se le ayuda con una catequesis de información y de inicia­ción en la fe. Es catequizando infantil, tierno, frágil, inseguro, dependiente.
  Se le dan los alimentos adecuados y se le comprende como persona inmadura dominada por lo afectivo, por lo sensorial por los rasgos externos de la fe.

   3.2. En la adolescencia y juventud

   Se despierta la inteligencia y se descubre la libertad. Se realizan las opciones básicas en la vida de fe y se organizan las ideas, los valores, las relaciones y las preferencias según decisiones propias.
   Es hora de una catequesis de respon­sabilidad y de compromiso. El catequizando necesita fortalecimiento en la fe. Es catequizando que busca y cuenta ya con inteligencia para optar.
   Se le ofrecen alimentos sólidos de persona que piensa, elige y vive. Es una catequesis de consolidación para un tipo de catequizando fuerte, libre, personal.

   3.3. En la madurez
 
   El catequizando sigue en actitud de búsqueda, de consolidación de conoci­mientos, de mejora de criterios, de sa­neamiento de sentimientos y actitudes.
   El que recibe el misterio cristiano con sencillez y humildad, al margen de su cultura y de su edad cronológica, mejora y se perfecciona. El autosuficiente queda bloqueado por su disposición errónea.
   Es ya persona libre, madura y capaz de elegir por su cuenta. Por lo tanto precisa una catequesis de plenitud y de fecundidad. Debe pensar en lo que puede dar a lo demás y no en lo que queda por recibir. Por eso lo que recibe debe revertirlo hacia los otros, de modo que no son válidas las posturas egocéntricas o el predominio de los intereses personales sobre los ajenos.
   El catequizando adulto debe mejorarse continuamente. Lo sabe y su misma formación debe estar configurada por la proyección apostólica. Importa que se sienta llamado a dar gratuitamente lo recibido. Ello depende de la formación.

  3.4. Catequizando de recapitula­ción vital

   Existe y puede existir el catequizando de la tercera edad, que busca mejorar su actitud y sus conocimientos, no por nostalgia, sino por la firme persuasión de que nunca conocerá y amará lo suficiente a Dios y a Jesucristo.
   Es una catequesis que merece ampararse en el lema del mismo Jesús: "La vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado." (Jn. 17. 3)

   3.5. Hay catequizandos especiales.

   Bueno es recordar que todos los hom­bres creyentes, sobre todo los cristianos, son catequizandos. Algunos merecen atención especial, como son los enfermos, los pobres, les deficientes, los perseguidos o los desajustados. Todos los que sufren son preferidos de Dios.
   En lo esencial, todos ellos son igualmente valiosos y tienen ante sí el mismo destino, porque poseen la misma dignidad, el mismo origen, y tienen en su vida el mismo amor providencial y paternal de Dios. Importante resaltar ante ellos que, "para Dios y ante el Padre no hay acep­ción de per­sonas" (Rom. 2.11). Todos necesitan actualizar el amor y la fe.