Hipnosis
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      Literalmente significa "sueño induci­do" de forma artificial, mediante una imposición de la mente del hipnotizador en el hipnotizado. El primero que usó el término fue James Braid en 1843 para denominar el sueño sugerido por una persona con habilidad para ello, ordinariamente empleando técnicas de sugestión.
    La situación del hipnotizado raramente es de sueño total, sino que parcialmente sectores de la personalidad quedan amortiguados, como en estado de laten­cia y de somnolencia. Sigue cierta con­ciencia y siguen en vigor las actitudes profundas de la persona. Por eso difícil­mente se puede sugestionar o hipnotizar a alguien para cometer, por ejemplo, un crimen o un acto contra las propias con­vicciones éticas o afectivas.
    Es frecuente usar el hipnotismo como juego de magia blanca o entreteni­miento de circo. Pero es desaconsejable ese uso lúdico, pues siem­pre el hipnotizado queda con propensión a empatizar hon­damente con el hipnotizador, perdiendo con ello determinadas parcelas de libertad. Y parece que el sujeto paciente de estas prácticas queda con fuertes predis­posiciones para ser de nuevo víctima de nuevas "agre­siones", lo que genera en él estados frágiles de per­sonali­dad.
    Por otra parte, la susceptibilidad ante la hipnosis varía con las personas, desde los más permeables a la influencia hasta los más resistentes. Y los niveles o grados de hipnosis puede ser de mayor o menor profundidad, desde los nueve niveles que Bernheim sugería en 1884, hasta los tres estados que hoy suelen admitir los neurólogos: somnolencia, hipotaxia a analgesia y somnambulismo.
    Si se usa en psiquiatría como forma de persuasión, de estimulación o de generación de procesos de reacción y de sere­nidad, pueden compensar los beneficios los posibles perjuicios. Pero no deja de ser un elemento artificial evitable en lo posible, por sus riesgos morales y sobre todo los trastornos psíquicos que genera.
    Es muy dudoso que en aspectos éticos y religiosos la hipnosis pueda ser un método o terapia asumible para la mejora de sujetos con problemas vinculados a creencias o a la conciencia (temores, propensiones viciosas irresistibles, estimulación de compromisos, etc.). De hecho, cuando se emplea en determinadas sectas o grupos coactivos, no deja de ser una manipulación tanto más eficaz cuando más supersticiosa o frágil resulte la personalidad del receptor y mayor sea la capacidad malevolente del embaucador de turno.