Homilía
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    Término griego que indica "exposición en una reunión". Litúrgicamente es la exposi­ción viva y aplicativa de la Palabra de Dios en forma rememorativa y celebrativa. No es un "sermón", subjetivo del que la pronuncia ni un entretenimiento para el que la escucha. Es una proclamación adaptativa de la misma Palabra de Dios hecha alimento espiritual.
   El Concilio Vaticano II decía: "Se recomienda encarecidamente como parte de la misma Liturgia, la homilía, en la cual se exponen durante el año litúrgico, a partir de los textos sagra­dos, los miste­rios de la fe y las normas de la vida cristiana. Más aún: en las misas que se celebran los domingos y en las fiestas de precepto, con asistencia del pueblo, nunca se debe omitir la homilía si no es por causa grave." (Sacr. Conc. 52)
    Los elementos religiosos de la homilía son su referencia a la Palabra de Dios, el recuerdo de los dones de Dios que se agradecen y festejan, el sentido participativo de la comunidad que se identifica con los sentimientos y las ideas expuestas, la fe que inspira al grupo que la recibe y a la persona de autoridad religio­sa que la pronuncia.
    Por eso la homilía no es cualquier exposición, exhortación, conferencia o coloquio piadoso que se ofrece a un grupo.
    Es un "Ministerio de la Palabra" que culmina el valor de los otros ministerios: evangelización para anunciar, catequesis para for­mar, teología para profundizar. La homilía es acción litúrgica para celebrar. Y es la forma ministerial más cercana a la catequesis, sobre todo cuando se hace oportuna, agradable y de forma planificada, nunca improvisada, de cara a la formación de la fe de los oyentes que acuden a celebrarla en comunidad.
    Fue la forma de vivificar la fe y comu­nicarla en la comunidad a los demás, que más se usó entre los primeros cristianos. Se hizo siempre con estilo viven­cial, es decir con la palabra fraterna, aunque muchas veces quedó consignada por escrito por parte de algunos autores significativos. Algunos de los mejores recuerdos pueden ser citados en las pronunciadas y proclamadas por San Clemente a los Corin­tios, por S. Justino, S. Juan Crisóstomo, San Cirilo de Jerusalén, S. Gregorio Tauma­turgo, San Ambrosio, S. Agustín.